El Pacífico: un pulmón narrativo de Colombia

 

El Arcángel sostiene la memoria a través de la palabra. Se llama Carlos Rodríguez, tiene 45 años y vive en Tumaco, en el Pacífico de Colombia. Palabrero, conserva la tradición oral a través de la décima, una especie de poema oral que los negros colombianos se apropiaron durante la esclavitud de aquellos que les expropiaron y sometieron, los españoles. A través de un verso casi sin límite, el poeta nombrado, como se refieren a él, ha sido juglar, cronista, periodista. La voz de una comunidad donde predomina el silencio.

El último decimero de Colombia es uno de los 23 narradores que han participado en el Diplomado Pacífico de Escritura Creativa, un proyecto del Instituto Caro y Cuervo y del Fondo Acción. Durante meses, este grupo en el que hay líderes sociales, profesores, estudiantes, acompañado por los escritores Juan Álvarez y Juan Cárdenas, recorrieron los cuatro departamentos del Pacífico –Nariño, Cauca, Valle del Cauca y Chocó- para construir relatos en torno al bosque y el territorio, en este caso uno de los más golpeados por la violencia y olvidado, acaso el más, de Colombia. Días de campo y noches de fogatas repletas de cantos, cuentos, fábula; también de viche y baile, porque si no quién va a entender algo en Colombia. El resultado, una suerte de reliquia, es un maletín-objeto que recoge los trabajos en forma de cuadernillos de cordel y que será presentado este sábado en la Feria del Libro de Bogotá: Maletín de Relatos Pacíficos. “Cada cuadernillo es una textura de lenguaje muy distinta: a veces más literarios, a veces más ejemplarizantes, a veces más combativos. En conjunto, hay manifiestos necesarios, acercamientos a la literatura infantil, y dos o tres joyas de narradores jóvenes en propiedad y con un futuro literario o político impresionantes”, explica Álvarez.

Yair André Cuné es una de esas voces. Caleño de 28 años del distrito de Aguas Blancas, devoto del América al que se presupone ser “un bailador jodidísimo, pero no hay forma”, noquea al advenedizo con un discurso implacable. Sentado el pasado diciembre en un consejo comunitario del municipio de Tadó (Chocó), el tono de Yair va en armonía con la calma del lugar, donde alguna vez el tiempo se detuvo. “Profundizar en los problemas estructurales no se logra en pocas páginas. Eso no se cuenta, se dialoga. Vamos a tener una especie de deuda con quienes nos lean”, advierte. No le importa. “Mi mayor aspiración es que mis acciones sean consecuentes con lo que siento y pienso”, asegura, orgulloso de haber abierto caminos para otros quiméricos. “Detrás de mí vienen otros y yo no voy a dejar de abrir puertas, si las cosas que yo hago le dan nombre e interés a mi barrio es probable que, aunque no esté yo, se sigan los caminos que he trazado”.

El Pacífico colombiano es tan inmenso en tamaño como en olvido de las instituciones. Limítrofe por el sur con Ecuador y por el norte con Panamá, su riqueza ecológica se compagina con la amalgama de historias y cosmovisiones que se pueden percibir. “No es lo mismo mi interpretación del Pacífico que la de un nariñense o un chocoano”, explica Yair. Se trata de un brazo en el que las comunidades negras –representan el 90% de sus habitantes- han encontrado un lugar, sienten propio el territorio. “El mejor vividero”, en palabras de Pilar Madrid, quien lamenta que es la propia Colombia quien da la espalda a los suyos. “El país solo lee al Pacífico por intereses concretos. En términos de recursos naturales, han entendido la riqueza que tenemos hasta el punto de explotarla, más no a valorarla y respetarla”.

A partir de la idea de repensar y enriquecer el acervo de relatos sobre bosques y territorio, estos 23 narradores, bajo la tutela y enseñanza –devenida en amistad- de Álvarez y Cárdenas han desarrollado una serie de trabajos para orgullo de sus maestros. Cachaco, de Bogotá, Álvarez; de Popayán, Cárdenas, pero tan blanco como su tocayo, los dos se puede decir que se sienten ya igual de ‘negros’ que los que fueron sus alumnos. “Es notable volver a constatar que, en los lugares más apartados, en los sitios más castigados por la guerra, la gente demuestra una y otra vez que no hay paramilitarismo ni atropello que valgan contra la dignidad y la fuerza. Porque no se puede matar la lengua, la palabra, a lo sumo se puede silenciar a la gente durante un tiempo, pero aquí hasta el silencio es de una elocuencia demoledora. Este es un país de narradores. Aquí todo el mundo cuenta”, asegura Cárdenas, para quien el “el experimento no podría ser más pertinente en este instante de peligro, justo ahora que está en juego el relato de la memoria de las sucesivas violencias. Para ver bien las violencias del siglo XX y XXI, que son la película, hay que meterse al cuarto de proyección, que es el siglo XIX, donde los negros tienen un rol protagónico. Queremos tomar por asalto el palacio del relato nacional”.

El Diplomado Pacífico en Escritura Creativa fue un bálsamo para Juan Álvarez, “el único aire” que le mantuvo respirando después de la sacudida del ‘no’ al acuerdo de paz con las FARC el 2 de octubre de 2016. Un día después, tuvieron una de las jornadas de campo: “He descubierto que a pesar de sus élites políticas y económicas mezquinas, sus guerrillas testarudas y las dilaciones multilaterales de justicia, ya existían en Colombia comunidades que se habían decidido a vivir el posconflicto antes del posconflicto. Hay una enorme cantidad de historias y sujetos construyéndose su propia paz material y mental antes de que la burocracia oficial empiece a aparecer para oficializarla”, ahonda el autor de ‘La ruidosa marcha de los mudos’.

La violencia, omnipresente en Colombia más allá de guerrillas y paramilitares, sobrevuela también el Diplomado Pacífico. Para Yair está tan presente que cada vez que suena el teléfono de su casa siente un escalofrío. No puede evitar recordar la madrugada en que su hermana le dijo:

–Mataron a William.

William era el hermano de Yair, quien con entereza asegura que la suya “es una peque historia entre otras tantas”. “Nosotros como que nos proponemos sin darnos cuenta hacer la resistencia”. Es el caso de El Arcángel, Carlos, desplazado durante ocho años de Tumaco por decir lo que otros no querían que se supiese. Aunque regresó y a veces siente un grito atragantado, se centra en que la tradición del decimero no muera. Piensa que todavía quedan muchas cosas por contar. Para empezar: “Lo que realmente somos. Hay una Colombia que ni los colombianos conocen. Paraísos que han querido convertir en infiernos”.

Fuente: El País ( http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/05/colombia/1493940525_416158.html )